
Lo que ha vendido la prensa internacional desde que triunfo la Revolución cubana el mismo primero de enero de 1959, es la imagen de un Raúl Castro recio, rudo, aplastante, de un hombre enchapado de una coraza sin sentimientos, dado a la vida militar, en la que la más estricta disciplina impera sin importar nada.
Qué ajenos y lejos están ante la verdadera personalidad de Raúl, el que ha estado atento ante el dolor de un subordinado, el que comparte penas y alegrías no solo con sus más cercanos generales, aunque todos lo son, sino hasta con el más simple de los ciudadanos.
Lo conozco bien. Desde 1969 lo he acompañado por recorridos en diferentes parte del país; estuve cerca de él en Angola, cuando la visitó en 1976, recorrí varias veces esta oriental provincia de Las Tunas, fábricas, escuelas, hospitales, unidades militares.
Sé de su carisma, de su jocosidad cubana, lejos de la seriedad infranqueable que le endilgan; de su pensamiento profundo, de su exquisita capacidad de análisis. Aun recuerdo el que nos hizo en 1991 en Puerto Padre a un reducido grupo de periodistas cuando la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se tambaleaba, y luego sus palabras se convirtieron en realidad tangible apenas pocos meses después.
Sé de su amor a su familia, su respeto y admiración por Fidel Castro, como en aquella oportunidad de 1991, mientras recorríamos una gran unidad del Ejército Oriental y expuso algunos recuerdos de su infancia.
En un aparte le dije: Ministro, quiere de veras revivir el pasado. “Siempre estoy dispuesto, de qué se trata”, me respondió. Conozco a un amigo común que tiene decenas de fotos de su infancia, le respondí. “¿Quién, Balbino, donde está?, búscalo”.
Y fueron casi dos horas junto a Balbinito Rodríguez rememorando la infancia, riendo a carcajadas ante cada foto, y luego, como presintiendo una reprimenda hacia mí por haber interferido el recorrido me dijo, “Flaco, me has hecho vivir el mejor momento de mí vida”.
Conozco de sus desvelos porque todo se haga bien, que todos luchen por el mismo objetivo, que el Partido y sus militantes sigan siendo la vanguardia de la Revolución, que el país con su hacer, siga siendo reflejo de todo el mundo.
Conozco de su consagración a la causa, de su fidelidad sin límites a Fidel, como cuando tras ser apresado después de los sucesos del Moncada, se hizo responsable del asalto para salvar a Fidel. Sé de las ansias de unirse a su hermano tras el descalabro de Alegría de Pío, del Segundo Frente y su visión desde allí del futuro, creando la infraestructura civil que mucho sirvió al triunfo de enero.
Raúl es el jefe querido en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y el pueblo siente una gran admiración por él. Un día en Manatí en 1994, caía un torrencial aguacero, el pueblo en la calle esperaba que él saliera para saludarlo, y me dijo preséntame, y con el temporal salió a hablarle a los que allí aguardaban.
Su amplia sensibilidad se muestra en su amistad con infinidad de personalidades de todas las ramas del saber. Solo mencionaré a Antonio Gades, su amigo entrañable, el mismo que descansa como pidió en el Mausoleo del Segundo Frente, en el oriente de Cuba.
Esos son algunos de los méritos que hacen grande al General de Ejército Raúl Castro, al hombre del Moncada, del Granma, de la Sierra Maestra y el Segundo Frente, de la construcción de la Cuba Socialista, el convencido de que el que entre en son de guerra queda; ese es el Raúl en quien Fidel ha delegado sus responsabilidades provisionalmente, no por ser su hermano o su sucesor constitucional, sino por ser el líder admirado y respetado, el histórico Raúl.
Qué ajenos y lejos están ante la verdadera personalidad de Raúl, el que ha estado atento ante el dolor de un subordinado, el que comparte penas y alegrías no solo con sus más cercanos generales, aunque todos lo son, sino hasta con el más simple de los ciudadanos.
Lo conozco bien. Desde 1969 lo he acompañado por recorridos en diferentes parte del país; estuve cerca de él en Angola, cuando la visitó en 1976, recorrí varias veces esta oriental provincia de Las Tunas, fábricas, escuelas, hospitales, unidades militares.
Sé de su carisma, de su jocosidad cubana, lejos de la seriedad infranqueable que le endilgan; de su pensamiento profundo, de su exquisita capacidad de análisis. Aun recuerdo el que nos hizo en 1991 en Puerto Padre a un reducido grupo de periodistas cuando la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se tambaleaba, y luego sus palabras se convirtieron en realidad tangible apenas pocos meses después.
Sé de su amor a su familia, su respeto y admiración por Fidel Castro, como en aquella oportunidad de 1991, mientras recorríamos una gran unidad del Ejército Oriental y expuso algunos recuerdos de su infancia.
En un aparte le dije: Ministro, quiere de veras revivir el pasado. “Siempre estoy dispuesto, de qué se trata”, me respondió. Conozco a un amigo común que tiene decenas de fotos de su infancia, le respondí. “¿Quién, Balbino, donde está?, búscalo”.
Y fueron casi dos horas junto a Balbinito Rodríguez rememorando la infancia, riendo a carcajadas ante cada foto, y luego, como presintiendo una reprimenda hacia mí por haber interferido el recorrido me dijo, “Flaco, me has hecho vivir el mejor momento de mí vida”.
Conozco de sus desvelos porque todo se haga bien, que todos luchen por el mismo objetivo, que el Partido y sus militantes sigan siendo la vanguardia de la Revolución, que el país con su hacer, siga siendo reflejo de todo el mundo.
Conozco de su consagración a la causa, de su fidelidad sin límites a Fidel, como cuando tras ser apresado después de los sucesos del Moncada, se hizo responsable del asalto para salvar a Fidel. Sé de las ansias de unirse a su hermano tras el descalabro de Alegría de Pío, del Segundo Frente y su visión desde allí del futuro, creando la infraestructura civil que mucho sirvió al triunfo de enero.
Raúl es el jefe querido en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y el pueblo siente una gran admiración por él. Un día en Manatí en 1994, caía un torrencial aguacero, el pueblo en la calle esperaba que él saliera para saludarlo, y me dijo preséntame, y con el temporal salió a hablarle a los que allí aguardaban.
Su amplia sensibilidad se muestra en su amistad con infinidad de personalidades de todas las ramas del saber. Solo mencionaré a Antonio Gades, su amigo entrañable, el mismo que descansa como pidió en el Mausoleo del Segundo Frente, en el oriente de Cuba.
Esos son algunos de los méritos que hacen grande al General de Ejército Raúl Castro, al hombre del Moncada, del Granma, de la Sierra Maestra y el Segundo Frente, de la construcción de la Cuba Socialista, el convencido de que el que entre en son de guerra queda; ese es el Raúl en quien Fidel ha delegado sus responsabilidades provisionalmente, no por ser su hermano o su sucesor constitucional, sino por ser el líder admirado y respetado, el histórico Raúl.
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